lunes 10 de mayo de 2010

Pasado presente


A veces el pasado sobrevuela la actualidad de forma insospechada. Y también a veces el presente luce ribetes de otro tiempo. En cambio el futuro casi siempre ofrece menos juego porque es incierto, aunque a veces sea fácilmente predecible. La política está tan imbricada en la sociedad como en la historia en todas sus vertientes (actualidad, memoria reciente o pretérita....), y tiene, en sus vaivenes y reflejos de otros momentos supuestamente ya superados, grandes paralelismos con los accidentes temporales de la gramática: presente continuo, presente histórico, pretérito perfecto/imperfecto, futuro simple, futuro compuesto...

En el día a día de la vida política española ya hace varias legislaturas que el presente continuo consiste en el ejercicio de la confrontación y su última consecuencia, la crispación. Desde que la derecha perdiera el poder en 2004 ya no nos hemos movido de la crispación como forma de hacer oposición al Gobierno. Este presente continuo ha llegado tan lejos que tiene altas dosis de presente histórico. Porque se han recuperado términos y debates del pasado; porque los fantasmas de la guerra, la preguerra y la posguerra, así como las almas en pena olvidadas en la Transición han vuelto a planear sobre nosotros.

Como muestras, botones: ahí están las arengas radiofónicas de la COPE, radicalizadas ya desde que el PSC se hacía con la Generalitat de Cataluña en 2003 y mucho más cuando el PSOE accede a La Moncloa aquel triste marzo de 2004; el reingreso, de la mano del PP, de la iglesia católica en la vida política y legislativa usando instrumentos democráticos como las manifestaciones callejeras (en contra de la Ley del Aborto o de la Ley del matrimonio homosexual, por ejemplo) que antes la derecha tanto había despreciado durante los preparativos de la invasión de Irak en 2003; las esquelas por los fusilados de Paracuellos en el diario El Mundo; la saña con la que el PP combatió los trámites parlamentarios para la aprobación de la Ley de la Memoria Histórica; y, más recientemente, la persecución al juez Garzón desde el corazón del Poder Judicial a raíz de una denuncia de un sindicato afín a Falange Española (vuelve, sí, Falange Española)…

Todo esto, que hace una década nos hubiera parecido propio ya de otros tiempos, ha ocurrido en los últimos 6 años. Y hay actualmente instalada en la sociedad una tendencia peligrosa por la que se considera normal, incluso humorístico y banal, la confrontación ideológica entre la derecha y la izquierda. Hasta en programas rosa como La Noria de Telecinco (por poner solo un ejemplo) hay un espacio en el que tres periodistas de derechas y otros tres de izquierdas se tiran los trastos a la cabeza, la mayoría de las veces con temas serios; una fórmula instalada ya en todos los formatos de debate y las tertulias de radio y de televisión.

Se ve que a la derecha le gusta la democracia cuando gana (1933, 1996, 2000), pero menos cuando toca volver a las butacas de la oposición. El mal perder de que ha hecho gala siempre cuando ha caído derrotada en las urnas (febrero de 1936, marzo de 2004) le ha llevado a buscar amistades bastante peligrosas (las propias luchas internas por el liderazgo del PP evidencian que los sectores ultras reivindican su sitio en primera fila). La mayoría absoluta del año 2000 les endiosó hasta el punto de creer que tendrían dominio vitalicio en las instituciones del Estado –incluido naturalmente el Poder Judicial–, venia para celebrar bodas de Estado en lugares donde sólo lo había hecho la Casa Real, y manga ancha para los trapicheos millonarios que ahora han sido destapados en el Caso Gürtel.

La derecha democrática, el Partido Popular, en su manifiesto desdén hacia el adversario político tras haber perdido las elecciones generales, ha flirteado demasiado con la ultraderecha porque le ha interesado en su estrategia de crispación. Quizá luego se haya arrepentido, pero mientras este partido no se desprenda del sector ultramontano que se atrajo durante la legislatura 2004-2008 –en la que perdieron el tiempo jugando a las dos Españas– y se dedique a hacer oposición real y constructiva el presente seguirá siendo histórico, y los fantasmas del pretérito imperfecto seguirán contaminando la política de nuestro presente continuo.

El camino recorrido por la derecha en esa legislatura (la primera de Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno) fue un juego peligroso cuyos alcances y peligros a lo mejor no se han valorado aún lo suficiente. Es el juego de servirse de la democracia en lugar de servir a la democracia. Se han despertado muchos de los fantasmas dormidos en la Transición. No nos alarmemos ahora por que Falange haya sacado pecho y por que, merced a una denuncia de un sindicato afín, el juez Garzón vaya a sentarse en el banquillo por tratar de investigar las responsabilidades de los crímenes del franquismo, lo que ocurre justo después de destapar este mismo juez -casualidades- toda la basura del caso Gürtel, que tanto salpica al aznarismo y cuyos responsables –la mayoría en activo– escurren ahora el bulto.

Cuando esos fantasmas que creíamos desterrados han vuelto en forma de retórica y de gestos, cabe preguntarse entonces si la mitificada Transición fue o no un pase de página o más bien un paréntesis. Y también si, ahora que se supone que los españoles no vamos a matarnos a tiros, habría que emprender algunos asuntos graves como la reforma del Poder Judicial o incluso de la propia Constitución de 1978. Hace bastante poco tiempo, alguien que sabe mucho de esto y que es memoria viva del pasado en el presente, Santiago Carrillo, afirmaba en una entrevista que la ciudadanía está desencantada tanto con el Gobierno como con la alternativa que representa la oposición y que esto sólo lo había vivido cuando el ejército y los señoritos, hartos de política, decidieron que había que cortar por lo sano un 18 de julio por todos conocido.

Afortunadamente, la realidad hoy es que los españoles no estamos ya para guerras civiles, pero la retórica de la preguerra y el espíritu de las dos Españas ha sido recuperado por la derecha y sus tribunas desde que perdieron el poder en las urnas. Ya no nos vamos a matar, es cierto, pero con el fuego nunca se debe jugar. Para que el futuro, en vez de un futuro simple de crispación por el juego de poder, esté realmente compuesto de futuro.

[Publicado en la sección 'En portada' en el nº 2005 (3-9 de mayo de 2010) del semanario Cambio 16 con el título de "Teoría y práctica de la crispación"]

http://www.cambio16.info/2005/portada.html#